Pangolín a la plancha
por Rafael Tabares
Primer día de quincena. O de cuarentena, según se mire. El bicho se ha apropiado de nuestras vidas y la alarma social se extiende. Nadie pensaba que esto iba a ser tan tremendo, aunque lo peor de todo es la incertidumbre. Antes del desencadenamiento de la crisis viral, tuve que escuchar infinidad de hipótesis, incluyendo las mías. Ahora parece ser que la única verdad plausible es que hay un bicho que se carga sobre todo a ancianos y que debemos evitar su propagación. Un resumen demasiado sencillo.
Primer día de quincena. O de cuarentena, según se mire. El bicho se ha apropiado de nuestras vidas y la alarma social se extiende. Nadie pensaba que esto iba a ser tan tremendo, aunque lo peor de todo es la incertidumbre. Antes del desencadenamiento de la crisis viral, tuve que escuchar infinidad de hipótesis, incluyendo las mías. Ahora parece ser que la única verdad plausible es que hay un bicho que se carga sobre todo a ancianos y que debemos evitar su propagación. Un resumen demasiado sencillo.
Ni en mis mejores o peores sueños había pensado estar así.
En casa, con mi familia, de momento todos sanos. Pasando el tiempo,
discutiendo, viendo películas. Ya no hay limitación para las horas frente al
móvil. Cada uno pasa el largo día como puede. Aporreo la guitarra, leo, juego al Risk, descargo películas, etc. Y no
dejo de mirar las noticias casi obsesivamente. Todo parece que va a peor. Me entra un whasapp que
me dice "Al menos espero que el pangolín ese estuviera bueno". Y me
descojono. Por no llorar. Porque ya no sé si esto es para reírse o caer en
profunda depresión.
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